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José Antonio Cervera, Cartas del Parián. Los chinos de Manila a finales del siglo XVI a través de los ojos de Juan Cobo y Domingo de Salazar

Eduardo Tzili Apango*

Estudios de Asia y África, 2017


Para algunos, la historia es la narrativa de las casualidades y las voluntades. Para otros, “no existe la casualidad, y lo que se nos presenta como azar surge de las fuentes más profundas”, como aseveró el poeta alemán Friedrich Schiller. A mi parecer, la historia de los chinos y los españoles en Manila bien podría caer en este diseño disfrazado de casualidad. Esta idea, al menos, se acerca a una de las premisas iniciales de José Antonio Cervera en su libro Cartas del Parián. De inicio, recuerda Cervera, la intención de España de buscar rutas alternativas hacia Oriente ocasionó la llegada al continente americano. Esta “casualidad” permitió al país ibérico convertirse en una de las principales potencias de la época. Sin embargo, América no impidió que los españoles continuaran ambicionando llegar a Asia, sobre todo por la importancia del comercio de especias y seda. En 1521 -justo el año de la caída de México-Tenochtitlán- la primera expedición española, al mando de Fernando de Magallanes, llegó a lo que hoy conocemos como Filipinas. En 1525 partió la segunda expedición española, al mando de García Jofre de Loaisa y con destino final a las Molucas, y arribó dos años después con numerosas bajas por el difícil viaje a través del Atlántico, el estrecho de Magallanes en Sudamérica, y el Pacífico. Estas dos expediciones fueron las únicas que partieron de España; todas las demás lo hicieron desde Nueva España. La primera de éstas, al mando de Álvaro Saavedra Cerón, partió del puerto de Zihuatanejo en 1527 y llegó a Filipinas, donde se concentraban los pocos españoles que habían intentado llegar a las “islas de la Especiería”. La política europea y el desconocimiento del estado de las expediciones ocasionaron que el rey español Carlos I firmara el Tratado de Zaragoza, en 1529, por el que cedía los derechos del comercio de especias a Portugal. En teoría, el Tratado no permitía a los españoles viajar ni asentarse en lo que hoy es Filipinas, Indonesia y China. No obstante, después de la firma del Tratado, dos expediciones españolas más partieron de Nueva España, una de las cuales bautizó el archipiélago como “Felipina” en honor al príncipe y futuro rey Felipe II. Después pasarían dos décadas hasta que los españoles intentaran navegar de nueva cuenta rumbo a Asia.

Los acontecimientos descritos reflejan lo que podría considerarse otra “casualidad”, y es la importancia geopolítica de Nueva España en el comercio asiático-español. De hecho, según algunos autores,1 los territorios españoles en Asia y en Nueva España mantuvieron, cada vez en mayor medida, un comercio mucho más dinámico y redituable entre ellos que con la península ibérica. Por lo anterior, Nueva España resultó ser el centro logístico y estratégico para el continuo flujo de mercancías y comunicación con Asia. Ya asentados los españoles en Filipinas, relativamente, China surgió en su imaginario religioso como un objetivo sumamente deseable. Cervera explica que la llegada de aquéllos a Manila coincidió con la “casualidad histórica” del relajamiento de la política de “puertas cerradas” de la entonces dinastía Ming. Gracias a eso, y a la plata novohispana, el número de chinos sangleyes -como eran conocidos en Filipinas- aumentó en el archipiélago, y con ello la intensidad del intercambio económico y cultural. Otro acontecimiento disfrazado de casualidad que revistió una importancia para el curso de la historia. En 1575 tuvo lugar la primera expedición española hacia costas chinas desde Filipinas. A partir de este esfuerzo nació la intención de conquistar China por las armas. Esta idea produjo varios debates, pero fue descartada a pesar de tener algunos partidarios. La razón -que bien podría considerarse otra “casualidad”- es que, al final, Filipinas resultó un punto comercial fundamental para el desarrollo de la comunidad española. El autor recuerda que la evangelización fue el motor de toda empresa española en América y Asia, y después de enterarse de la existencia de China, esta nación fue el objetivo religioso más deseado. Los intentos de arribar al continente se hicieron, precisamente, desde el archipiélago filipino. La primera orden religiosa que llegó a Filipinas fue la de los agustinos, y en 1574 también fue la primera en recalar en China después de la “casualidad” histórica que supuso el pirata chino Lin Feng, quien en aquel entonces azotaba las costas del continente y que fue derrotado con ayuda de los españoles en el archipiélago. Gracias a esta acción, el gobierno de la dinastía Ming invitó a soldados y misioneros castellanos a entrar a China. Del primer viaje hacia el continente surgieron las relaciones -documentos descriptivos sobre la realidad china- que fueron la base para una de las obras clásicas del conocimiento sobre China en Europa en el siglo XVI, Historia del Gran Reino de la China, escrita por Juan González de Mendoza. En 1578 llegaron los franciscanos a Filipinas, seguidos de los dominicos. Los primeros realizaron varios intentos infructuosos de entrar a China, no así los segundos, quienes, según el autor, tuvieron mayor éxito en establecer fuertes vínculos con los sangleyes en razón de que se dedicaron a aprender chino y a la evangelización de manera más sistemática. Dos dominicos son, precisamente, los protagonistas del segundo capítulo del libro Cartas del Parián.

Domingo de Salazar -conocido como el “Las Casas de Filipinas” por la defensa de los nativos en el archipiélago frente al abuso de los españoles- fue electo por Felipe II para ejercer como el primer obispo de Filipinas en 1579. Esto entrañó un enfrentamiento con los agustinos, que a pesar de haber sido los primeros en llegar a las islas no fueron recompensados con esa designación. Con Salazar se observa el cambio de mentalidad respecto a conquistar China por las armas a mejor tener un acercamiento pacífico. Del mismo modo, el trabajo de Salazar por medio del sínodo de Manila, sobre todo en lo relacionado con la recolección de impuestos entre nativos, resultó fundamental para la evangelización en masa de los filipinos. Juan Cobo se caracterizó por alcanzar, en relativamente poco tiempo, un gran conocimiento de la lengua y la cultura chinas. Además de su labor en la fundación del hospital de San Gabriel, su saber impulsó el acercamiento español con Japón y le permitió al dominico traducir el primer libro del chino al castellano -el Beng Sim Po Cam-, y escribir el primer libro en chino -el Shilu- por un europeo que trataba de introducir la religión católica desde un punto de vista racional y no dogmático. Por lo anterior, Cervera asegura que “Cobo, junto con el agustino Martín de Rada y el jesuita Matteo Ricci, puede ser considerado, con toda justicia, como uno de los más distinguidos misioneros en Asia oriental durante el siglo XVI”. Los capítulos tercero y cuarto constituyen el eje del libro, ya que contienen la transcripción y el análisis de dos cartas enviadas, en 1589 y 1590, por los dominicos mencionados sobre la comunidad china en Filipinas, aunque también tocan otros temas de manera general, como la conformación de la sociedad, la economía, etcétera. La intención de Cervera es exponer, de primera mano, las ideas y las grafías originales de los autores, así como hacer un examen crítico y una introducción contextual para que el lector comprenda mejor las cartas. Sin duda esta notable contribución de la obra representa una de sus fortalezas. El lugar donde vivía la población flotante de chinos sangleyes, contada por miles y muy trabajadora, se llamaba el Parián de Manila, especie de barrio chino de aquel entonces y uno de los mayores centros comerciales de toda Asia. En general -y una de las razones por las que estas cartas son tan importantes- se adjudica a la orden dominica la evangelización de los chinos sangleyes en Filipinas. De hecho, Cervera menciona que “[los misioneros dominicos fueron] los primeros hombres que construyeron un puente cultural entre el mundo hispano y el mundo chino”. De ahí el gran número de fuertes vínculos de los dominicos con los chinos. No obstante, el autor recuerda las terribles masacres de chinos sangleyes en la primera mitad del siglo XVII. Es decir, a pesar de los fuertes lazos, aún había desconfianza mutua.

La diferencia entre las cartas, tal como establece Cervera, es lo descriptiva que resulta la de Cobo y lo marcado de su objetivo de reclutar misioneros al comentar que “en Filipinas hay mucho más que hacer que en Europa”. La carta de Salazar tiene un tono más político y estratégico, sobre todo porque está enmarcada en el asunto de conquistar China por las armas. Ambas misivas comparten una visión interesante e integral de la vida de los chinos en Filipinas, pero, sobre todo, una cosmogonía que contrasta sustancialmente con lo que vieron en Asia. El propio autor se pregunta si los dominicos llegaron a cuestionar su visión del mundo. El libro Cartas del Parián es, sin duda, excelente para adentrarse en el conocimiento, de primera mano, de parte de la realidad social, política y económica de Manila durante el siglo XVI. La obra abunda en detalles extraídos del análisis de las cartas, además de apoyarse en una investigación documental rigurosa. El estilo narrativo, sencillo de digerir, permite una lectura cómoda sobre la percepción de que la llegada de los españoles a América, su establecimiento en Filipinas, su vinculación con China y la posición geopolítica de Nueva España, corresponden a “casualidades” que enriquecieron la vida de los protagonistas de estos procesos y dotaron de identidad a países y pueblos, a pesar de que los acontecimientos no necesariamente fueron pensados para suceder de la manera en que lo hicieron. En pocas palabras, Cartas del Parián es un vistazo a los grandes acontecimientos que definieron gran parte de la historia global. Para quienes presuman de estudiar la historia de Asia oriental, este libro es básico.





References
Mariano Ardash Bonialian, El pacífico hispanoamericano: Política y comercio asiático en el imperio español (1680-1784). La centralidad de lo marginal, México, El Colegio de México, 2012

Notas al pie:

1.

fn1Véase, por ejemplo, el estudio de Mariano Ardash Bonialian, El pacífico hispanoamericano: Política y comercio asiático en el imperio español (1680-1784). La centralidad de lo marginal, México, El Colegio de México, 2012.


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ESTUDIOS DE ASIA Y ÁFRICA, volumen 54, número 1 (168), enero-abril de 2019, es una publicación cuatrimestral electrónica editada por El Colegio de México, Carretera Picacho Ajusco 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Tlalpan, Ciudad de México, C.P. 14110, Tel. (55) 5449-3000, www.colmex.mx, reaa@colmex.mx. Editor responsable: Adrián Muñoz. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo 04-2015-092314123300-203; ISSN (impreso) 0185-0164; ISSN (electrónico) 2448-654X, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Centro de Estudios de Asia y África, fecha de la última modificación: 17 de febrero de 2019. La revista no asume la responsabilidad por las opiniones expresadas en los textos firmados, que son responsabilidad, única y exclusiva, de los autores. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea sin fines de lucro o para usos estrictamente académicos, citando invariablemente la fuente sin alteración del contenido y dando los créditos autorales.

 
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